Un mendigo ciego, que se llamaba Bartimeo, estaba junto al camino, a la salida de Jericó. Se enteró de que Jesús pasaba por allí y se puso a gritar, pidiéndole ayuda.
Muchos lo reprendían para que callase. Pero él gritaba más fuerte aún:
-¡Jesús, ten compasión de mi!
Jesús se detuvo y dijo a los discípulos que llamasen al ciego.
Los discípulos llamaron a Bartimeo diciendo:
-¡Ánimo, levantate!, que Jesús te llama.
Él arrojó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
-¿Qué quieres que haga por ti? - le preguntó Jesús.
-Maestro, ¡que vuelva a ver! - contestó el ciego.
-Tu fe te ha salvado - le dijo Jesús.
Al momento Bartimeo recobró la vista y le siguió por el camino.
Marcos 10, 46-52
Ayer me tocó asistir, como en otras ocasiones a una clase para padres de niños que se preparan para su primera comunión. La catequista, una mujer agradable, jovial y de gran profundidad espiritual, nos llevo de la mano por estos versículos del Evangelio. También, como en otras ocasiones, la catequesis fue derivando de los niños a los padres.
Esta historia la hemos escuchado muchas veces y sin embargo hoy todavía recuerdo y reflexiono lo escuchado ayer.
No voy a analizar todo el pasaje, no pretendo catequizar a nadie, pero si compartir aquí algunos detalles que encierran grandes mensajes dentro.
Me gusta que Bartimeo no sea un personaje sino una persona. Que es ciego y que anda como perdido en el medio de un camino, como cualquiera de nosotros sin saber de donde venimos ni a donde vamos. ¿Podría Bartimeo llamarse Juan, o Mónica, o Andrés, o como cualquiera que sea nuestro nombre?
Me llama la atención que los demás le piden que se calle cuando empieza a pedir ayuda a gritos. Que no intenten ayudarle sino silenciarle. Que quisieran hacerlo desaparecer, como si su presencia, y sobretodo sus gritos, les incomodaran, cuestionaran o juzgaran. ¿A alguien le suena este comportamiento?
Y Bartimeo con su ceguera, con la indiferencia de los demás, con su sentirse perdido, con no conocer a Jesús más que solo de oídas, con todo eso sigue gritando y pidiendo ayuda porque estaba convencido de que solo Él podía ayudarle. ¿Tenemos en algún momento una fe semejante?. Probablemente yo, me quedaría en el borde del camino escuchando como los demás siguen los pasos de Jesús, convencido de que nadie puede ayudarme.
Y ya cuando consigue que Jesús le atienda, cuando los otros no tienen más remedio que ayudarle a levantarse (algunos a regañadientes) Bartimeo tira su manto da un salto y corre. Cuantas veces me gustaría echarme a nadar sin querer al mismo tiempo guardar la ropa. Queremos que nuestro alrededor cambie pero nosotros no podemos renunciar a nada. Estoy pensando que tengo algún manto que me sobra y algunas sandalias y un bastón y ...
Al final, va a resultar que Bartimeo no era ese pobre diablo que todos creíamos. Si me apuras ojala todos fuéramos un poco como Bartimeo y al final consiguiéramos recuperar la vista y emprender un camino.